sábado, 14 de julio de 2012

El Cristiano que Ora



La práctica de orar a Dios no debe ser solamente con una lista de peticiones. La razón principal porque oramos debe ser tener comunión con Él a través del Señor Jesús. La práctica de la oración produce cambios en la vida de la persona que la hace.
El verdadero valor de una persona se ve cuando está de rodillas, sola, delante de Dios, y no cuando esté parada frente al prójimo. Estar en la presencia de Dios nos desnuda de toda pretensión humana. No hay nada encubierto ante los santos ojos de Él. Cualquier vestigio de hipocresía debe desaparecer en la presencia del Dios verdadero. La estatura moral del cristiano no se ve cuando se para frente a otros, sino cuando se presenta delante de su Señor. No se toma la medida del cristiano según lo que estimen los hombres, sino según lo que Dios ve. Y el corazón sincero acepta la evaluación de Él.
Orar es el privilegio de cada hijo e hija de Dios. La puerta a la presencia del Padre está siempre abierta. La invitación es “acerquémonos con confianza”. Pero esta misma franquicia produce un auto examen, ya que una condición para orar es que levantemos manos santas, “sin ira ni contienda” 1 Timoteo 2:8. Levantar manos santas es venir delante de Dios sin haber estado ocupado en actividades maliciosas. Y si las manos están sucias, la confesión del pecado tiene que ser previa a toda otra petición. La Biblia indica el remedio: “La sangre de Jesucristo su Hijo, nos limpia de todo pecado”. En la muerte, sepultura y resurrección del Señor Jesucristo, hay limpieza para el pecado. Luego, con la libertad que nos concede el perdón, podemos orar con confianza. Además del deseo de ver nuestras oraciones contestadas, estará el efecto práctico de disfrutar de la comunión con Dios. El ejercicio de la oración nos hace estar consciente de nuestra verdadera condición delante de Él. Quizás el efecto más importante de la oración sea el cambio que produce en la persona que ora, y no en las cosas por las cuales está orando.
Buscar el rostro del Padre en oración produce cambios en sus hijos como por ejemplo, más santidad. En el tiempo presente con la actividad incesante que un mundo afiebrado impone sobre nosotros, debemos retirarnos a orar. Aprendamos del ejemplo del Señor Jesús; cuando “su fama se extendía más y más; y se reunía mucha gente para oírle,… El se apartaba a lugares desiertos, y oraba” Lucas 5:15,16. Al seguir el ejemplo de nuestro Señor, la calidad de nuestra vida mejorará y otros serán bendecidos por los cambios producidos. 
fuente; pdvida.com

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